“No digáis que, agotado su tesoro, de asuntos falta enmudeció la lira.
Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía”
Gustavo Adolfo Bécquer

miércoles, 3 de diciembre de 2025

El banco rojo

 

EL BANCO ROJO

 

Cuando Gerardo ingresó a la pinturería de Don Pablo, luego de tanto tiempo, éste no lo reconoció. Ya tenía cincuenta años, usaba anteojos y sus cabellos eran un tanto canos. Luego, al darse cuenta de quién se trataba, fingió no reconocerlo. A Gerardo no lo sorprendió la conducta del viejo comerciante. Hacía unas horas que había vuelto al barrio y notado la fría indiferencia de sus vecinos de toda la vida. Dolido, compró los productos que necesitaba y se marchó.

 

Cuando se dirigió a la centenaria plaza, después de un largo período, sintió cómo la angustia le perforaba el pecho. Se encaminó hacia el banco que estaba al pie del palo borracho y observó que aún conservaba la misma estructura de hierro sobre su base de cemento. Las tablas de madera habían sido reemplazadas, pero casualmente necesitaban una mano de color.     

 

Mientras se hundía en un imaginario túnel del tiempo, acudieron a su mente varias tardes vividas en ese sector del parque. Tardes felices en las que Silvia y él, entre besos y arrumacos, se juraban eterno amor. Alejados ya de aquel banco, la convivencia les demostró que no todo sería como lo soñaron.

 

Las lágrimas empañaban su mirada. Gerardo abrió la bolsa con el material recién comprado. Primero, con una fina hoja de lija, comenzó a pulir la madera y el metal. Inmediatamente, extrajo pincel y solvente, destapó el tarro de pintura roja y comenzó a desarrollar su tarea. El pulso le temblaba. Las iniciales pinceladas bermejas regresaron a su mente las imágenes del horror, las que nunca pudo borrar de su memoria. Estuvo a punto de desistir de su labor, pero debía consumarla. Se lo prometió a él mismo, al enterarse de aquella iniciativa nacida en Italia, que había comenzado a expandirse en nuestro país.

 

Cuando pudo serenarse, continuó. Cada esbozo era como una mancha de sangre que cubría el añejo asiento. Sentía que ya nada le quedaba por hacer en la vida que cumplir con su juramento.

 

Al terminar con el rojo, esperó que este color se oree al sol, mientras recordaba aquel “Silvia y Gerardo” que talló rudimentariamente con una puntiaguda llave en el respaldo del banco y que el paso del tiempo se llevó. Unos minutos más tarde aplicó sus conocimientos sobre escritura gótica, habilidad adquirida en tantos años de encierro. Gracias a ello trazó, ahora con prolijas letras blancas, un: “Perdón, Silvia”.

 

Seguidamente se marchó de la plaza, pensando que había terminado de pagar todas sus deudas. Pero la indiferencia general le demostraba lo contrario. La sociedad le daba vuelta la cara.

 

Quien realmente no lo registró fue una octogenaria mujer, de mirada extraviada, con la que se cruzó en una angosta vereda…

Y esta vez fue Gerardo, preso de la culpa y la vergüenza, el que fingió no reconocerla.

 

Jorge Emilio Bossa

 

Primera Mención Género Cuento

Concurso Literario Nacional Bienal 2025

Organizado por: Campana Amanecer Literario (C.A.L.)

Campana (Bs. As.), noviembre de 2025




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