EL BANCO ROJO
Cuando Gerardo
ingresó a la pinturería de Don Pablo, luego de tanto tiempo, éste no lo
reconoció. Ya tenía cincuenta años, usaba anteojos y sus cabellos eran un tanto
canos. Luego, al darse cuenta de quién se trataba, fingió no reconocerlo. A
Gerardo no lo sorprendió la conducta del viejo comerciante. Hacía unas horas
que había vuelto al barrio y notado la fría indiferencia de sus vecinos de toda
la vida. Dolido, compró los productos que necesitaba y se marchó.
Cuando se dirigió
a la centenaria plaza, después de un largo período, sintió cómo la angustia le
perforaba el pecho. Se encaminó hacia el banco que estaba al pie del palo
borracho y observó que aún conservaba la misma estructura de hierro sobre su
base de cemento. Las tablas de madera habían sido reemplazadas, pero
casualmente necesitaban una mano de color.
Mientras se
hundía en un imaginario túnel del tiempo, acudieron a su mente varias tardes
vividas en ese sector del parque. Tardes felices en las que Silvia y él, entre
besos y arrumacos, se juraban eterno amor. Alejados ya de aquel banco, la
convivencia les demostró que no todo sería como lo soñaron.
Las lágrimas
empañaban su mirada. Gerardo abrió la bolsa con el material recién comprado.
Primero, con una fina hoja de lija, comenzó a pulir la madera y el metal.
Inmediatamente, extrajo pincel y solvente, destapó el tarro de pintura roja y
comenzó a desarrollar su tarea. El pulso le temblaba. Las iniciales pinceladas
bermejas regresaron a su mente las imágenes del horror, las que nunca pudo
borrar de su memoria. Estuvo a punto de desistir de su labor, pero debía
consumarla. Se lo prometió a él mismo, al enterarse de aquella iniciativa
nacida en Italia, que había comenzado a expandirse en nuestro país.
Cuando pudo
serenarse, continuó. Cada esbozo era como una mancha de sangre que cubría el
añejo asiento. Sentía que ya nada le quedaba por hacer en la vida que cumplir
con su juramento.
Al terminar con
el rojo, esperó que este color se oree al sol, mientras recordaba aquel “Silvia
y Gerardo” que talló rudimentariamente con una puntiaguda llave en el respaldo
del banco y que el paso del tiempo se llevó. Unos minutos más tarde aplicó sus
conocimientos sobre escritura gótica, habilidad adquirida en tantos años de
encierro. Gracias a ello trazó, ahora con prolijas letras blancas, un: “Perdón,
Silvia”.
Seguidamente se
marchó de la plaza, pensando que había terminado de pagar todas sus deudas.
Pero la indiferencia general le demostraba lo contrario. La sociedad le daba
vuelta la cara.
Quien realmente
no lo registró fue una octogenaria mujer, de mirada extraviada, con la que se
cruzó en una angosta vereda…
Y esta vez fue
Gerardo, preso de la culpa y la vergüenza, el que fingió no reconocerla.
Jorge Emilio
Bossa
Concurso Literario Nacional Bienal 2025
Organizado por: Campana Amanecer Literario (C.A.L.)
Campana (Bs. As.), noviembre de 2025

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